En 2015, Harvard Business Review publicó una encuesta a 7,600 gerentes de 262 empresas. Entre otras cosas, les pidieron nombrar las prioridades de su propia organización.
Solo el 55% de los mandos medios pudo mencionar siquiera una de las cinco principales.
Eran empresas con planes estratégicos, áreas de planeación y juntas de seguimiento. El plan existía. Lo que faltaba era un equipo que lo tuviera presente a la hora de decidir.
En las instituciones educativas ocurre algo muy parecido, y tiene arreglo. Aquí va cómo saber si te está pasando, qué consecuencias tiene y dónde entra la inteligencia artificial.
La prueba de las prioridades
Puedes repetir el experimento en tu institución, y toma diez minutos.
En tu próxima junta, pide a cada integrante del equipo directivo que escriba en una hoja, sin consultar a nadie, las tres prioridades de la institución para este ciclo. Después compara las hojas.
Esto es lo que suele aparecer:
- Prioridades distintas según quién escribe: la dirección académica anota una cosa, administración otra, admisiones otra.
- Listas que mezclan prioridades con pendientes de la semana.
- Frases tan generales que podrían ser de cualquier institución.
Si las hojas coinciden, tu planeación está viva. Si no coinciden, no es un asunto de compromiso de las personas: nadie puede decidir conforme a prioridades que no tiene claras.
Y casi nunca falta el trabajo de planear. En muchas instituciones se realizan reuniones, se definen objetivos y se redactan documentos. Lo que rara vez queda al final es una lista corta que todos puedan repetir.
Un plan con veinte objetivos no se puede recordar, y lo que no se recuerda no interviene en las decisiones. Por eso el punto de partida es una declaración estratégica real, con 3 a 5 prioridades críticas y objetivos medibles.
Qué pasa cuando decide lo urgente
Sin prioridades compartidas, las decisiones se toman de todos modos. Solo que las toma la urgencia.
Se nota en tres cosas. La agenda de la semana la define lo que explotó el lunes. Académica, administración y admisiones empujan hacia lugares distintos, las tres con buenas razones. Y entre una revisión del plan y la siguiente pasan meses en los que nadie sabe si se está cumpliendo.
La misma encuesta midió ese desajuste entre áreas. El 84% de los gerentes dijo que puede contar con su jefe y con su equipo directo todo o casi todo el tiempo. Cuando la pregunta fue por los colegas de otras áreas, solo el 9% respondió que siempre puede contar con ellos.
La coordinación hacia arriba y hacia abajo funciona. La que falla es la horizontal, entre áreas, que es justo la que una planeación estratégica debería ordenar.
A eso se suma un reto de esta época: la velocidad del cambio exige decisiones más rápidas, mejor informadas y con mayor claridad. Un equipo que no comparte prioridades tarda más en decidir, y decide peor.
Dos sesiones para que tu equipo directivo decida con las mismas prioridades.
En el entrenamiento Planeación estratégica con IA construyes tu dirección estratégica, tu diagnóstico y tu plan priorizado con seguimiento, trabajando sobre tu propia institución.
Conocer el entrenamientoQué le toca a la IA y qué le toca al equipo directivo
La inteligencia artificial cambió lo que cuesta analizar una institución. El diagnóstico que antes se llevaba semanas de juntar información y redactar hoy se puede hacer mucho más rápido.
Eso tienta a pedirle de una vez el plan completo. Y ahí es donde conviene detenerse.
RAND, un centro de investigación estadounidense, entrevistó en 2024 a 65 científicos de datos e ingenieros para entender por qué fracasan los proyectos de inteligencia artificial. La causa más mencionada no fue técnica. Fue que quienes dirigen entienden mal, o comunican mal, qué problema quieren resolver.
De ahí sale un reparto de tareas bastante claro.
A la IA le toca ordenar información dispersa, proponer un FODA, señalar riesgos y oportunidades que nadie había puesto sobre la mesa y plantear escenarios.
Al equipo directivo le toca decidir hacia dónde va la institución, elegir entre las opciones y hacerse responsable de esa elección.
Por eso el orden importa. Primero la claridad sobre el rumbo, y después la IA para entender dónde estás. Usada así, sirve para analizar y decidir mejor. Usada al revés, produce más documentos.
Cuatro bloques, del rumbo al seguimiento
Con ese reparto claro, el proceso completo cabe en cuatro bloques. Cada uno responde una pregunta y deja algo concreto, que alimenta al siguiente.
| Bloque | La pregunta que responde | Lo que deja |
|---|---|---|
| Dirigir | ¿Hacia dónde vamos? | Declaración estratégica con 3 a 5 prioridades críticas |
| Diagnosticar | ¿Dónde estamos? | FODA aterrizado a decisiones, con oportunidades y riesgos |
| Diseñar | ¿Qué vamos a hacer, y quién? | Mapa estratégico y plan de acción priorizado, con responsables |
| Ejecutar | ¿Cómo sabremos si se cumple? | Sistema de indicadores y rutina de decisiones |
El cuarto bloque es el que más se omite, y su ausencia ayuda a entender el resultado de la encuesta.
Un plan sin indicadores ni un momento fijo para revisarlos depende de que alguien se acuerde de él. Con una rutina de decisiones, el equipo directivo vuelve a las prioridades cada cierto tiempo, compara lo planeado con lo que está pasando y ajusta. Así las prioridades siguen presentes en marzo y no solo el día que se aprobaron.
Vuelve a la prueba de las hojas. Todo lo anterior busca que, cuando la repitas, las respuestas coincidan, y que las decisiones de cualquier semana se puedan explicar con esas prioridades.
Planeación estratégica con IA son dos sesiones intensivas en las que tu equipo recorre los cuatro bloques con apoyo de inteligencia artificial y sobre la realidad de tu institución, sin casos hipotéticos. Sales con avances concretos: tu declaración estratégica, tu diagnóstico, la base de tu plan priorizado y un sistema para darle seguimiento.
Mientras tanto, haz la prueba. Diez minutos y unas hojas en blanco te dicen cómo está tu planeación.